Santiago tardó un segundo en entender que nadie lo había notado.
El portafolio se le resbaló de la mano y cayó al piso con un golpe seco que detuvo la música como una bofetada.
Sofía se congeló, abrió los ojos y luego sonrió de oreja a oreja.
—¡Papá! ¡Papá, ya llegaste! —corrió hacia él con los brazos abiertos.
Santiago se agachó por instinto y la cargó. Sintió su peso ligero en el pecho, su perfume infantil, el calor de su cara en su cuello. Y ahí, justo ahí, le llegó un golpe más fuerte que el del portafolio: el pensamiento de que su hija lo abrazaba como si hubiera pasado una eternidad, aunque solo fueran unas horas.
El niño del overol se quedó inmóvil, con las manos apretadas frente al cuerpo. Tenía los ojos cafés llenos de miedo, como si lo hubieran sorprendido robando algo.
Mariana dejó la guitarra con prisa, se puso de pie, se alisó el uniforme con manos temblorosas y tragó saliva.
—Señor Santiago… yo… no esperaba que regresara tan temprano. Perdón. Yo solo…
Santiago levantó la mano pidiendo silencio. No quería disculpas todavía. Quería saber qué estaba pasando en su propia casa.
Sofía, sin separarse de él, le susurró al oído con la confianza de quien cuenta un secreto bonito:
—Papá, él es Diego, mi amigo. Vino a jugar conmigo porque otra vez estaba sola.
La frase le pegó a Santiago en el estómago.
Otra vez.
Sabía que Sofía pasaba demasiado tiempo sola en esa casa enorme: niñeras que iban y venían, maestras particulares, juguetes caros que se quedaban en cajas, y él… él trabajando catorce horas diarias para sostener un imperio que, se suponía, era por ella. La madre de Sofía se había ido cuando la niña era bebé; dejó una carta fría diciendo que no había nacido para ser madre. Santiago se tragó el orgullo, se tragó la rabia, se tragó el dolor… y se dedicó a ganar, ganar, ganar, como si el dinero pudiera tapar un hueco.
Miró al niño otra vez. Diego era pequeño, pero su postura tenía algo raro: una alerta adulta que no debería existir en un niño de cinco años. Miraba a su mamá con un instinto protector, como si se preparara para un golpe.
Mariana dio un paso al frente y habló bajito, con la voz rota al final:
—Señor… Diego es mi hijo. La señora que lo cuida se enfermó hoy y… yo no podía faltar. Usted me pidió que dejara la casa lista para la cena de mañana. Lo traje conmigo y le prometí que se quedaría callado en el cuarto de servicio, pero Sofía nos escuchó… y me pidió que jugaran. Yo…
Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas. Ella estaba esperando el despido ahí mismo, frente a su hijo. Se notaba en cómo se encogían sus hombros, en cómo apretaba los labios para no llorar más fuerte.
Víctor se acercó y, con un gesto protector, le puso una mano en el hombro.
—Patrón, Mariana es una excelente trabajadora. Nunca ha hecho nada malo aquí. Yo respondo por ella.
Santiago casi no lo oyó. Su cabeza estaba en otra parte: en el hecho de que Mariana llevaba once meses trabajando en su casa y él no sabía nada de ella. Nada. Ni si tenía familia, ni si comía bien, ni si su vida fuera de esas paredes era una batalla.
Sofía se soltó, corrió hacia Diego y lo agarró de la mano como si fuera un tesoro.
—¡Papá, Diego no se puede ir! Es mi mejor amigo. Y Mariana toca bien bonito la guitarra y dijo que me va a enseñar. Y Diego cuenta historias chistosas. Yo no quiero volver a estar sola.
El tono de súplica era el mismo que usaba cuando le pedía que no se fuera a trabajar, pero esta vez había algo diferente: una alegría real, de esas que no se compran. Santiago se quedó mirando a su hija como si la viera por primera vez.
—Mariana —dijo al fin—, ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
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