La tormenta cayó sobre la ciudad como si el cielo por fin hubiera perdido la paciencia. Un relámpago partió la noche en dos, el trueno rugió con furia antigua y la lluvia lavó las calles como lágrimas que no dejaban de caer.

Sin embargo, había un lugar que ninguna lluvia podía limpiar: el vertedero municipal.
Entre bolsas de basura rotas, plástico empapado en lodo y fragmentos de vidrio que brillaban como dientes rotos, una pequeña niña sin hogar se movía deprisa, con cuidado.
Se llamaba Dana.
Tenía solo ocho años.
Pero sus manos parecían mucho mayores.
Llevaba una chaqueta gris demasiado grande, pesada por la lluvia, y botas desparejadas—una de ellas remendada de forma burda con cinta plateada. Temblaba, calada hasta los huesos, pero no dejaba de moverse.
El hambre no permite descanso.
Cuando el hambre muerde, incluso un niño aprende a caminar a través del dolor.
Dana buscaba lo de siempre: latas vacías, trozos de cable de cobre, cualquier cosa que pudiera vender.
“Solo una cosa más”, se susurró a sí misma, como si esas palabras pudieran mantenerla en pie.
No había comido en más de un día.
Pero no estaba pensando en comida—estaba pensando en la mañana.
La mañana significaba el mercado.
El mercado significaba monedas.
Las monedas significaban tal vez… una comida caliente.
Iba a regresar a su refugio—una caja de cartón reforzada escondida en un callejón—cuando el aire cambió de repente.
No fue un trueno.
No fue un camión de basura.
Era un sonido que no pertenecía allí.
El ronroneo suave y caro de un motor de lujo.
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