Costaría todo.
Le rugió el estómago al ver unas galletas cerca.
Por un segundo, casi se eligió a sí misma.
Entonces el bebé gimoteó.
Dana tragó saliva.
“Tú puedes aguantar”, le dijo a su estómago.
En la caja, contó moneda por moneda.
Le faltaban cincuenta centavos.
El pánico le robó el aire.
El dependiente suspiró y alargó la mano para retirar los productos—
Entonces se detuvo.
Tal vez fue el llanto suave del bebé.
Tal vez fue la cara de Dana—tan joven que dolía mirarla.
“Olvídalo”, murmuró, empujando los productos hacia ella. “Llévatelo. Vete.”
Dana salió corriendo antes de que cambiara de opinión.
Esa noche, en su refugio de cartón, Dana alimentó al bebé.
Bebió como si la vida dependiera de ello.
Porque dependía.
El bebé se durmió.
Dana no.
Apretó la cadena plateada con fuerza.
“Mañana”, susurró, “vamos a esa casa grande. Y voy a obtener respuestas.”
LA FIESTA
Por la mañana, la lluvia había cesado.
Dana caminó durante horas hasta las colinas donde vivían los ricos.
Cuando por fin llegó a la mansión Harrison, lo que la impactó no fue la belleza—
Fue la fiesta.
Flores.
Coches de lujo.
Música.
Un cartel decía:
BIENVENIDO, LIAM HARRISON
Globos azules y dorados.
Una celebración.
Mientras el bebé real casi se había congelado en una caja.
La rabia quemó el miedo de Dana.
Trepa el muro, se deslizó entre setos y llegó a una ventana enorme.
Dentro estaban Thomas Harrison y su elegante esposa Elizabeth, sosteniendo a un bebé impecable vestido de blanco.
El mundo de Dana se quebró.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.