“Es solo metal, anak,” le había dicho ella esa noche, acariciando su frente sudorosa en la cama del hospital de caridad. “Tú eres mi verdadero oro”.
Pero Popoy sabía que era mentira. Ese medallón tenía la foto de su abuela dentro. Era lo único que Elena había logrado salvar del incendio que consumió su antigua casa hace cinco años.
Popoy se detuvo frente a una popular cadena de comida rápida. El olor a pollo frito crujiente invadió sus fosas nasales, haciendo rugir su estómago. No había comido nada desde el pan duro de la noche anterior.
Miró la bolsa negra. Tenía 5.245 pesos en monedas, más los mil que le dio la señora. Era rico. Por primera vez en su vida, tenía opciones.
Entró en el restaurante, ignorando las miradas del personal de seguridad que se tensaron al verlo, y se dirigió al mostrador.
—Un cubo de ocho piezas de pollo, por favor. Y espagueti. Y dos sundaes —pidió con voz clara.
Pagó con las monedas, contando pacientemente mientras la cajera lo miraba con impaciencia, que poco a poco se transformó en curiosidad al ver la cantidad de dinero que el niño manejaba.
Salió del restaurante con el cubo de comida caliente equilibrado sobre la bolsa de monedas. Ahora tenía que correr. El olor a comida atraería atención no deseada en las calles más profundas del barrio.
Se adentró en los callejones. El pavimento de concreto dio paso a tablas de madera colocadas sobre lodo negro y aguas estancadas. Las casas aquí estaban hechas de retazos: láminas de zinc oxidadas, lonas publicitarias viejas y madera contrachapada hinchada por la humedad.
—¡Oye, Popoy! —gritó un hombre descamisado que bebía ginebra en una esquina—. ¿Robaste un banco o qué? ¡Esa bolsa se ve pesada!
El grupo de hombres rió. Popoy sintió un escalofrío. Eran los “Tambays”, los holgazanes del barrio. Si supieran lo que llevaba, no dudarían en quitárselo.
—Es solo chatarra, Tío Berto —mintió Popoy, bajando la cabeza y acelerando el paso—. Solo botellas viejas. No valen nada.
—¡Pues deja una para la ginebra! —bromeó otro.
Popoy no se detuvo hasta que dobló tres esquinas y se aseguró de que nadie lo seguía. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, casi tan fuerte como el sonido de las monedas chocando en la bolsa.
Finalmente, llegó.
Su casa era una estructura pequeña al final de un pasillo estrecho, encajada entre una pared de hormigón de una fábrica y un canal de drenaje. La puerta era una cortina de tela descolorida.
Desde afuera, podía escuchar la tos. Una tos seca, rasposa, que sacudía el aire.
Popoy dejó la bolsa de monedas y la comida en el suelo, se limpió las manos en su camiseta (aunque eso solo movió la suciedad de un lado a otro) y sacó la caja de terciopelo de su pantalón. Respiró hondo.
—¡Ma! ¡Ya llegué! —anunció, entrando con una energía que disimulaba su cansancio.
El interior estaba en penumbra. La única luz provenía de una pequeña ventana alta y de una vela votiva frente a una estampa de la Virgen María. Elena estaba sentada en el borde del catre, doblando ropa ajena. A pesar de su enfermedad, seguía aceptando trabajos de lavado cuando podía levantarse.
Al ver a su hijo, su rostro pálido y demacrado se iluminó.
—Popoy, anak. Llegaste tarde. Estaba preocupada. ¿Comiste?
Ella intentó levantarse para abrazarlo, pero un ataque de tos la obligó a sentarse de nuevo. Popoy corrió hacia ella, dejando las cosas en una mesa de plástico coja.
—Estoy bien, Ma. No te levantes. Mira.
Popoy señaló el cubo de pollo y la bolsa negra.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, confundida—. ¿De dónde…? Popoy, dime que no hiciste nada malo.
—No, Ma. Es el fruto de mi trabajo. ¿Recuerdas todas las veces que salía temprano y volvía tarde? ¿Las botellas? ¿Los cartones?
Elena asintió lentamente, sus ojos llenándose de miedo y esperanza al mismo tiempo.
—Pero eso no es lo importante —dijo Popoy. Se arrodilló frente a ella, tal como lo había visto hacer a los hombres en las telenovelas que veían los vecinos a través de las ventanas abiertas.
Con manos temblorosas, sacó la caja de terciopelo rojo. En la penumbra de la choza, el rojo de la caja parecía brillar con luz propia, un objeto alienígena de lujo en medio de la pobreza absoluta.
Elena se llevó una mano a la boca.
—No… —susurró, su voz quebrándose—. No puede ser.
Popoy abrió la caja.
El collar de oro brilló, capturando la poca luz de la vela. El medallón descansaba allí, intacto, tal como lo recordaba ella, tal como lo recordaba su propia madre.
—Feliz cumpleaños, Ma —dijo Popoy, con la voz ahogada por la emoción que había estado conteniendo desde que salió de la joyería—. Prometí que lo traería de vuelta.
Elena no tomó el collar de inmediato. Tomó la cara de su hijo entre sus manos ásperas y calientes. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, limpiando años de dolor y resignación.
—Mi niño… mi buen niño… —sollozó ella, abrazándolo con una fuerza sorprendente para su frágil cuerpo—. Trabajaste tanto… sufriste tanto…
—Valió la pena, Ma. Todo valió la pena —respondió Popoy, enterrando su cara en el hombro de su madre, oliendo el aroma familiar de jabón barato y amor incondicional.
Lloraron juntos durante unos minutos, un llanto de alivio, de victoria contra un destino que parecía querer aplastarlos.
Finalmente, Elena se separó y permitió que Popoy le pusiera el collar. El clic del cierre sonó fuerte en el silencio de la habitación. Ella tocó el medallón frío contra su piel y sonrió. Por un momento, no parecía una mujer enferma en un barrio marginal; parecía una reina.
—Ahora —dijo Popoy, secándose los ojos con el dorso de la mano y recuperando su compostura infantil—, tenemos que comer el pollo antes de que se enfríe. ¡Y mira!
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