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Un niño harapiento entró silenciosamente en la lujosa joyería y derramó miles de monedas frías sobre el vidrio reluciente

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Saludó a los vecinos con la barbilla en alto. Cruzó la tabla sobre el agua estancada con paso seguro. Ya no era solo el niño de los harapos que recogía basura. Era el niño que había entrado en el palacio de cristal, había desafiado a los gigantes y había regresado victorioso.

Entraron en su pequeña casa y cerraron la puerta. La luz de la tarde entraba por las rendijas, iluminando el polvo que flotaba en el aire, convirtiéndolo en motas doradas.

Popoy ayudó a su madre a acostarse y le sirvió su primera dosis de medicina. Luego, se sentó junto a la ventana, mirando hacia afuera, hacia el laberinto de la vida que le esperaba. Tocó su bolsillo, donde aún quedaban algunas monedas, y sonrió.

El mundo era duro, sí. Pero él había descubierto que era más fuerte. Y mientras su madre dormía tranquila por primera vez en meses, con el medallón subiendo y bajando sobre su pecho al ritmo de una respiración sana, Popoy supo que todo iba a estar bien.

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