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Una hora antes de la ceremonia, escuché a mi prometido susurrarle a su madre: «No me importa ella, solo quiero su dinero».

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Una hora antes de la ceremonia, el hotel estaba lleno de flores blancas y murmullos nerviosos. Yo, Lucía Herrera, llevaba el vestido ya puesto, sentada frente al espejo, intentando controlar el temblor de mis manos. Había pasado dos años construyendo esa boda con Alejandro Cruz, el hombre que decía amarme y con el que pensaba compartir mi vida. Fui al pasillo buscando agua, y entonces escuché su voz detrás de una puerta entreabierta.

—Mamá, deja de preocuparte —susurró Alejandro—. No me importa ella. Solo quiero su dinero. Después de la boda, todo será más fácil.

El mundo se me cayó encima. Reconocí también la voz de su madre, Mercedes Rivas, fría y calculadora:
—Recuerda lo que hablamos. Mantén la sonrisa hasta firmar. Luego ya veremos qué hacer con ella.

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no lloré. Me apoyé contra la pared, respiré hondo y, por primera vez en semanas, todo encajó con una claridad brutal: las prisas por casarnos, su insistencia en que pusiéramos nuestros bienes “en común”, las preguntas constantes sobre mis cuentas y la empresa que heredé de mi padre. No era amor. Era un plan.

Regresé al salón, me miré al espejo y limpié cualquier rastro de debilidad. Pensé en mi madre, que me había enseñado a no huir, y en mí misma, por todo lo que había trabajado para llegar hasta ahí. Si Alejandro y Mercedes creían que yo era ingenua, se habían equivocado de persona.

La música comenzó. Caminé hacia el altar con la espalda recta. Alejandro me sonrió como si nada hubiera pasado. El juez empezó a leer el discurso habitual, hablando de amor y compromiso. Cuando llegó el momento clave, todos contuvieron el aliento.

—Lucía, ¿aceptas a Alejandro como tu legítimo esposo?

Levanté la mirada, vi a Mercedes en primera fila, segura de su victoria, y a Alejandro esperando mi “sí”. Entonces hablé, con una voz clara que resonó en todo el salón:

 

 

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