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Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

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El sol dorado de Guadalajara pintaba las piedras antiguas de la plaza principal, cuando Teresa Esperanza Morales, a los 17 años caminaba apresurada entre los puestos del mercado. Sus cabellos castaños danzaban al viento, recogidos por una cinta azul que su madre había abordado con tanto cariño. Era una mañana de sábado de 1952 y el mundo parecía palpitar con posibilidades infinitas. Teresa cargaba una canasta de mimbre llena de chiles, tomates y cilantro.

 

 

 

Su vestido de algodón blanco con pequeñas flores azules se mecía con cada paso y sus ojos oscuros brillaban con la inocencia de quien aún creía que la vida era un cuento de hadas esperando ser vivido. Fue entonces cuando lo vio. Miguel Ángel Hernández, de 19 años, alto y de complexión fuerte, estaba parado frente al puesto de flores, sosteniendo un ramo de claveles rojos.

Su camisa blanca, perfectamente planchada, contrastaba con su piel morena curtida por el sol del campo. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás con brillantina y cuando sonrió al ver a Teresa, sus dientes blancos iluminaron toda su cara. “Disculpe, señorita”, dijo Miguel quitándose su sombrero de paja. “¿Podría decirme qué flores le gustan más a una dama?” Teresa se detuvo sintiendo que las mejillas se le encendían como brasas.

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