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Vivieron juntos por 70 años, uniendo sus almas en lo que todos creían un amor inquebrantable.

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lloró de felicidad, de amor, de gratitud hacia Dios por haberle dado una familia, pero también lloró de miedo porque se dio cuenta de que ahora tenía en sus manos frágiles dos vidas que dependían completamente de él. “Es hermoso”, susurró Teresa viendo como Miguel acunaba al bebé. Se parece a ti. Que Dios haga que sea mejor hombre que su padre”, respondió Miguel con una solemnidad que hizo que Teresa se le estrujara el corazón.

La llegada del bebé trajo alegría inmensa, pero también gastos inesperados. Las medicinas para Teresa después del parto, los pañales, la leche. Cuando ella no pudo amamantar lo suficiente, los pesos se escurrían como agua entre los dedos. Una noche, cuando el pequeño Miguel tenía 6 meses y lloraba de hambre porque ya no había leche en la casa, Teresa se sentó en su cama y lloró de desesperación.

Por primera vez que se casó, las palabras de su padre resonaron en su mente con fuerza devastadora. Te vas a arrepentir, vas a pasar hambre, tus hijos van a sufrir. Había cometido un error, había condenado a su hijo a una vida de privaciones por seguir su corazón en lugar de su cabeza. Miguel llegó esa noche con dinero suficiente para comprar leche para toda una semana.

Había vendido su reloj, el único objeto de valor que tenía, heredado de su padre. Nunca más, le juró a Teresa, tomándola entre sus brazos mientras ella lloraba. Nunca más nuestro hijo va a tener hambre. Te lo prometo. Y cumplió su promesa. Miguel consiguió trabajo como capataz en una hacienda más grande, con mejor sueldo.

Se mudaron a una casa más espaciosa, con piso de cemento y agua corriente. Tuvieron cuatro hijos más. Carmen Esperanza en 1958, José Aurelio en 1960, María del Socorro en 1963 y finalmente Rafael Miguel en 1966. Con cada hijo que llegaba, Miguel trabajaba más duro. Con cada mejora en sus condiciones de vida, Teresa se sentía más segura.

La casita humilde se convirtió en una casa cómoda. La pobreza extrema se transformó en una vida modesta pero digna. Pero la semilla de duda que don Aurelio había plantado años atrás siguió ahí, dormida, pero no muerta en el corazón de Teresa. Los años pasaron como páginas de un libro hermoso. Miguel y Teresa construyeron una vida que desde afuera parecía perfecta.

Sus cinco hijos crecieron sanos y fuertes, llenando la casa de risas, travesuras y el caos hermoso de una familia numerosa. Miguel había logrado comprar más tierra y establecer su propio negocio de construcción. Ya no era el peón sin futuro que don Aurelio había despreciado.

Se había convertido en un hombre respetado en el pueblo, conocido por su honradez y su trabajo de calidad. Teresa se había transformado en una matrona querida por todos. Organizaba las festividades de la iglesia, ayudaba a las mujeres jóvenes que se casaban y su casa siempre tenía las puertas abiertas para quien necesitara un plato de comida caliente o un consejo sabio. “Viste qué familia más bonita tiene Miguel”, comentaban las señoras en el mercado.

Y Teresa, qué mujer tan buena, se nota que se adoran. Y era cierto, después de 15 años de matrimonio, Miguel seguía mirando a Teresa como si fuera la primera vez que la veía. Le llevaba flores cada viernes, la abrazaba por la cintura cuando ella cocinaba. Le susurraba palabras de amor al oído cuando creía que nadie los veía.

Teresa correspondía a ese amor con toda su alma. había aprendido a ver más allá de las dificultades económicas que habían enfrentado y se sentía orgullosa del hombre extraordinario que había elegido como esposo. Miguel era un padre devoto, un marido tierno, un hombre íntegro que se había ganado el respeto de toda la comunidad.

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