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«Ya llegó la limosnera oficial de la familia», proclamó mi tía Leticia en cuanto puse un pie en la sala de su casa en la colonia Iztapalapa , Ciudad de México. «Guarden sus carteras».

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«Ya llegó la limosnera oficial de la familia», proclamó mi tía Leticia en cuanto puse un pie en la sala de su casa en la colonia Iztapalapa , Ciudad de México. «Guarden sus carteras».

Su hijo, Mauricio, se dobló de risa, celebrando cada palabra como si fuera el mejor chiste del año. Yo solo tragué saliva, con las manos vacías y el orgullo hecho polvo.

De pronto, el teléfono sonó como una alarma que nadie esperaba. Mi tía atendió aún divertida.

—¿Bueno?

Su sonrisa empezó a desvanecerse.

—¿Señora Leticia Ramírez? —preguntó una voz firme al otro lado—. Le habla el contador del despacho financiero de su sobrina. Llamamos por el préstamo otorgado al señor Mauricio Ramírez. Su pago está atrasado. ¿Procedemos a exigir el pago hoy mismo?

La carcajada de mi primo se apagó de golpe.

—«¡Aquí viene la pedigüeña de la familia!», anunció mi tía Leticia apenas crucé la puerta del departamento. «¡Escondan las carteras!»

Las risas estallaron en el comedor, pero la más ruidosa fue la de Mauricio, recostado en el sillón con una cerveza en la mano y los tenis sobre la mesa. Nadie le decía nada; en esa casa, las reglas cambiaban según quién las rompiera.

—Hola, tía —dije, dejando mi bolsa junto al perchero.
—Hola, hija —respondió con dos besos rápidos—. ¿Vienes sola? ¿No traes inversiones milagrosas ni oportunidades de esas tuyas?

No contesté. Desde niña, en cada reunión familiar yo era “la que siempre necesitaba algo”. No importaba que llevara años sin pedirle un solo peso a nadie. Las etiquetas que te ponen de chica pesan más que cualquier deuda.

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