—Pensaste que no pasaba nada si te atrasabas —lo interrumpí sin alzar la voz—. El contrato dice otra cosa.
Mi tía levantó la mano.
—Un momento. ¿Un millón doscientos mil pesos? ¿Desde cuándo tienes tú ese dinero para prestarlo?
La incredulidad pesaba más que el interés.
—Desde hace años trabajo mucho, tía. El despacho va bien. Solo que aquí prefieren verme como la que pide… no como la que presta.
Mi mamá me miró con orgullo contenido.
—Iba a pagar —saltó Mauricio—. El bar no funcionó como esperaba. Hubo obras, permisos, retrasos…
—Y el coche nuevo —añadí mirándolo a los ojos—. Y las inauguraciones con botella abierta. Y gastos que no estaban en el plan financiero.
No había reproche. Solo datos.
—Eres mi prima —murmuró.
—Y tú eres mi deudor. Eso también lo firmamos los dos.
El contador seguía en línea.
Finalmente hablé:
—No inicie todavía el procedimiento. Pero agende reunión mañana a las nueve en el despacho. O paga lo vencido o reestructuramos con nuevas garantías. Sin consecuencias no hay prórrogas.
—Queda asentado.
Colgué.
—¿Le vas a quitar el coche? —preguntó mi tío.
—Yo no le voy a quitar nada. Él decidirá. Si quiere conservarlo, que pague. Yo no regalo un millón doscientos mil pesos. Ni siquiera a la familia.
Mi tía apretó los labios.
—Siempre fuiste rencorosa.
—No es rencor. Son números. Ustedes siempre me vieron como la “pobre Valeria”. Hoy solo escucharon una cifra. No necesitan que les guste. Solo que la respeten.
Me levanté.
—Si cada vez que entro soy la limosnera… al menos que la historia esté completa.
Mi mamá también se puso de pie.
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