Pero lo que ocurrió después fue aún más inesperado.
Pasaron tres días sin que respondiera. No porque quisiera castigarlo, sino porque realmente no sabía qué decir. A veces, el silencio es la única defensa que nos queda. Sin embargo, el cuarto día, mientras organizaba las toallas nuevas del hostal —sí, ya lo estaba llamando “hostal”— escuché pasos en el porche.
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