Pensé en cualquier pequeño error que pudiera volverse gigante.
Levanté la mano.
—Soy yo.
El hombre me miró como si ya supiera la respuesta.
—Necesitamos hablar con usted. Ahora.
Y entonces… lo vi.
El niño del rincón se levantó.
Pero no lo hizo como siempre.
No con esa timidez que parecía pedir perdón por existir.
Se puso de pie despacio.
Con la espalda recta.
Con una seguridad que no correspondía a su ropa ni a su silencio.
Caminó hacia los hombres.
No hacia la puerta.
No hacia mí.
Hacia ellos.
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