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Yo solo pensaba que le estaba dando desayuno a un niño pobre. Hasta el día en que cuatro Suburban blindadas se detuvieron frente a mi café…

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Uno de los hombres dejó una carpeta gruesa sobre la barra.

—El señor Herrera desea compensarla.

No la abrí.

—No necesito dinero.

Santiago negó despacio.

—No es pago. Es gratitud.

Habló de cumpleaños con prensa y sin amigos.
De regalos caros y conversaciones que siempre terminaban en negocios.
De abrazos rápidos porque había reuniones.

—Ese plato era lo único que no esperaba nada de mí.

Ahí sí me quebré.

No por el dinero.

Por el niño.

Regresó con su padre ese mismo día.

Las camionetas se fueron.

El café volvió a oler a canela.

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