El juez levantó la vista como si alguien hubiera prendido una luz dentro de su cabeza.
—¿Cómo dices? —preguntó, quitándose los lentes.
—Yo voy a ser la abogada de mi mamá —repitió Valentina, ahora con más firmeza—. Mi mamá no tiene dinero, pero yo sí estudié. Sé lo que tengo que decir.
Del lado del abogado se escuchó una risa breve, incrédula. Eduardo apretó la mandíbula. Algunas personas del público se miraron con lástima, convencidas de que la niña no entendía dónde estaba.
Beatriz sintió orgullo y terror al mismo tiempo.
—Valentina, mi amor, no tienes que… —alcanzó a decir.
—Sí tengo, mami —la interrumpió Valentina sin voltear—. Porque si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?
El juez Ramírez se inclinó hacia adelante, y por primera vez en toda la mañana su expresión dejó de ser automática.
—Jovencita, ¿entiendes que esto es un procedimiento legal serio?
—Sí, su señoría. Entiendo que mi papá quiere quitarle la custodia a mi mamá porque dice que no tiene dinero. Y entiendo que si hoy nadie la defiende, me van a separar de la persona que más amo.
La frase cayó como agua helada. Una mujer del público se llevó la mano al pecho. Alguien se secó los ojos.
—Su señoría —intervino el licenciado Morales con sonrisa condescendiente—, esto es absurdo. Una menor no puede representar legalmente a nadie.
—Tiene razón en cuanto a la representación formal —respondió el juez, mirando a Valentina con atención—. Pero…
Valentina abrió su cuaderno con manos temblorosas y sacó varias hojas dobladas con una pulcritud que no correspondía a su edad.
—Su señoría, yo leí la Convención sobre los Derechos del Niño. El artículo doce dice que tengo derecho a expresar mi opinión en los asuntos que me afectan y que debe tomarse en cuenta según mi edad y mi madurez.
La sonrisa del licenciado Morales se borró apenas un poco. Eduardo se movió incómodo en su silla.
—No estoy pidiendo ser abogada de verdad —continuó Valentina—. Solo pido que me deje hablar, porque si este tribunal va a decidir mi futuro, debería escucharme a mí.
El juez se quedó en silencio varios segundos, como si buscara en su memoria un caso parecido y no encontrara ninguno. Luego miró al abogado.
—Licenciado Morales, ¿tiene alguna objeción legal concreta para que la menor exprese su opinión?
—Esto… podría sentar un precedente peligroso.
—Eso no es una objeción legal —respondió el juez con una firmeza inesperada—. Señora Torres, ¿autoriza usted que su hija participe?
Beatriz, con lágrimas corriéndole por el rostro, asintió.
—Sí, su señoría.
El juez respiró hondo.
—Muy bien. Valentina Reyes Torres, te concedo quince minutos. Solo la verdad. ¿Entiendes?
Valentina levantó el mentón.
—Solo la verdad. Incluso si duele… sobre todo si duele.
Eduardo palideció. Se inclinó hacia su abogado y murmuró algo. El licenciado negó con la cabeza, por primera vez preocupado.
Valentina caminó al centro de la sala. Sus pasos sonaron pequeños, pero firmes.
—Mi nombre completo es Valentina Reyes Torres. Tengo ocho años y cuatro meses. Vivo con mi mamá Beatriz en un departamento chiquito en Iztapalapa. Mi papá se fue hace dos años con otra mujer.
Eduardo se tensó como una cuerda.
Valentina sacó tres fotografías y las sostuvo con cuidado, como si fueran algo sagrado.
—Esta es mi mamá ayudándome con la tarea de matemáticas —dijo—. Todas las noches, aunque llegue cansada, se sienta conmigo. A veces no entiende, pero se queda hasta que entendemos juntas.
El juez observó la imagen: una mesa pequeña, una lámpara vieja, Beatriz inclinada con paciencia.
—Esta otra es mi cumpleaños —Valentina tragó saliva—. Mi mamá no pudo comprar pastel de pastelería, entonces hizo uno en casa. Le salió chueco, pero fue el más rico porque lo hizo con amor.
Varias personas sonrieron entre lágrimas.
—Y esta… —la voz se le quebró— fue cuando me enfermé el mes pasado. Tenía mucha fiebre. Mi mamá faltó al trabajo tres días para cuidarme. Perdimos dinero, pero no me dejó sola ni un minuto.
Valentina guardó las fotos y apretó el cuaderno.
—El abogado de mi papá dice que necesito estabilidad económica. Pero yo quiero preguntar algo: ¿qué vale más? ¿Una casa grande donde nadie te abraza cuando tienes pesadillas… o un departamento pequeño donde tu mamá duerme en el sillón para que tú tengas la cama?
El licenciado Morales se levantó.
—Su señoría, esto es manipulación emocional.
Valentina volteó hacia él con una seriedad que hizo callar incluso a los adultos.
—La verdad no es manipulación. Son hechos. Y si los hechos provocan emoción… es porque importan.
El juez levantó la mano para que el abogado se sentara.
—Continúe.
Valentina pasó la hoja.
—Mi papá tiene casa grande, coche nuevo y dinero… pero ¿saben cuántas veces me visitó en seis meses? Tres. Solo tres. Y nunca más de una hora porque “tenía cosas importantes”.
Eduardo bajó la mirada.
—Mi mamá me hizo desayuno ciento ochenta mañanas seguidas. Me peinó ciento ochenta veces. Me preguntó cómo me fue en la escuela ciento ochenta veces. Y me dijo “te amo” al menos quinientas cuarenta veces.
La sala quedó en silencio. La matemática era simple y devastadora.
Valentina respiró profundo y entonces llegó el golpe que nadie esperaba.
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